El Dark Echoes Fest llegó a Revi Live con un cartel alterado, pero encontró una respuesta de público bastante más numerosa de la que cabía esperar. TodoMal aprovecharon hasta el último minuto de una actuación demasiado corta, Dødheimsgard convirtieron el escenario en un ejercicio de imprevisibilidad absoluta y Draconian cerraron la noche ofreciendo, de las cuatro ocasiones en las que los hemos visto, su actuación más convincente. Hubo doom, black metal, mucho calor y hasta una bolsa de basura convertida en complemento de un vestuario que se acabó limitando a unos calzoncillos.
Hay conciertos en los que todo sucede exactamente como estaba previsto. Las canciones aparecen donde tienen que aparecer, los músicos ocupan sus posiciones, los discursos se repiten noche tras noche y, si uno tiene la oportunidad de asistir a dos fechas de una misma gira, puede acabar teniendo la inquietante sensación de haber visto dos veces el mismo concierto. Y luego están noches como la que vivimos este viernes en Revi Live.
El Dark Echoes Fest había sufrido cambios antes incluso de abrir sus puertas. Los paulatinos cambios y ausencias redujeron a tres el número de bandas, pero no pareció afectar demasiado a la respuesta del público. La entrada fue francamente buena, bastante mejor de la que personalmente esperaba para una propuesta de estas características, y desde bastante pronto quedó claro que la temperatura iba a ser otro de los protagonistas de la noche. Hacía calor. Mucho. De ese que convierte cualquier desplazamiento hacia la barra en una pequeña expedición en busca de supervivencia.
Precisamente fuera de lo estrictamente musical llegó uno de los detalles menos comprensibles de la jornada. El puesto de merchandising no disponía de datáfono ni tenía cambio, mientras que en la barra de la propia sala tampoco facilitaban ese cambio. Puede parecer una anécdota hasta que recordamos que el merchandising constituye una de las fuentes de ingresos directos más importantes para las bandas. Conseguir que alguien quiera comprar una camiseta y después ponerle dificultades para que pueda pagarla es una de esas pequeñas genialidades logísticas que cuesta entender.
Afortunadamente, sobre el escenario las cosas comenzaron bastante mejor.
TodoMal: lo peor fue que durasen tan poco
TodoMal tenían una papeleta que nunca es especialmente agradecida: abrir un festival cuando parte del público todavía está entrando, buscando sitio o decidiendo si la primera cerveza puede esperar veinte minutos. Y lo resolvieron con una facilidad que únicamente proporcionan las tablas.
Desde prácticamente el comienzo ofrecieron un sonido extraordinario, probablemente una de las primeras cosas que llamaron la atención de su actuación. Todo estaba donde debía estar y el grupo aprovechó esa claridad para desarrollar un doom pesado y envolvente sin necesidad de convertir cada canción en una prueba de resistencia para quien acababa de llegar.
Pero si algo transmitieron fue precisamente experiencia sobre el escenario. Nada pareció improvisado en el mal sentido de la palabra ni hubo sensación de estar ante una banda que necesitase varios temas para entrar en calor. TodoMal salieron preparados y funcionaron desde el primer momento, convirtiéndose en un punto de partida prácticamente perfecto para lo que terminaría siendo una noche de tres bandas.
Y quizá por eso su principal problema fue también el más sencillo de explicar: tocaron poco. Ser los primeros les condenó a disponer de un espacio demasiado reducido para una actuación que estaba funcionando realmente bien. Cuando un grupo termina y la sensación predominante es que habría apetecido escuchar veinte minutos más, probablemente haya hecho bastantes cosas bien. Y eso es lo que nos pasó con ellos.

Dødheimsgard: ‘TodoMal’ y todo bien
Hay que reconocerle una cosa a Dødheimsgard: es difícil aburrirse viéndolos. Y no es poca cosa.
Como decíamos arriba, vivimos una época en la que buena parte de las grandes giras funcionan sobre raíles. Secuencias, claquetas, visuales, luces, decenas de pistas pre grabadas y producciones cada vez más complejas han permitido alcanzar niveles de precisión extraordinarios, pero también han provocado que algunas bandas puedan repetir un espectáculo prácticamente idéntico durante cincuenta noches consecutivas. Ves una fecha, ves otra tres semanas después y hasta el gesto del guitarrista durante determinado estribillo parece suceder exactamente en el mismo segundo. Y eso es terrible para los que amamos el directo.
Dødheimsgard son todo lo contrario. Hace mucho tiempo que, usando un término taurino, no teníamos la sensación de ver a un grupo y pensar que era actuación de ‘puerta grande o enfermería’. Resulta especialmente curioso si uno piensa en el pedigrí que acompaña al grupo noruego. Por sus filas han pasado nombres como Fenriz o Galder (Dimmu Borgir, Old Man’s Child), y su historia está profundamente ligada al black metal noruego, aunque hace muchísimo tiempo que DHG decidió que quedarse dentro de esas fronteras no entraba en sus planes.
Con semejantes antecedentes, cualquiera podría imaginar una actuación oscura, opresiva, solemne y quizá incluso intimidatoria.
Pues bien: lo que más vimos entre el público fueron sonrisas. No necesariamente porque aquello fuese malo (que por fases lo fue). Pero en muchos momentos asomaba una brillantez que nos dejaba perplejos. Como cantan Sentended, ‘out of shit a flower grows’. Pero resulta complicado mantener una expresión de trascendencia absoluta mientras sobre el escenario se desarrolla algo que por momentos parecía una representación organizada por personas que acababan de conocerse en el comedor de un manicomio. También escuchamos decir que parecían el típico grupo que, cuando no viajabas en verano, montabas entre gente con la que habitualmente no hablabas para tener con quién hacer planes. Y es que cada integrante parecía proceder de un universo diferente: un cantante mucho más mayor que los demás a quien adoran como si fuese el profeta de una secta, dos coristas/teclistas con buena química entre ellas pero que parecían sacadas de una actuación de Abba, un bajista que sonreía cuanto más oscura era la canción, un guitarrista que cumplió con creces pero que parecía sacado de alguna de las bandas asturianas de metal de finales de los noventa… y un señor con la cara tapada que se ponía cascos, tocaba baterías que no existían y bailaba como si estuviese en el Amnesia de Ibiza. Ah, y una joven con una ceñida falda rosa, unas zapatillas de andar por casa y un bolso de una marca carísima que aparecía y desaparecía del escenario para dar órdenes. Lo dicho, una escena sacada de ‘Los renglones torcidos de dios’.
El frontman llevó la voz cantante en este manicomio: hubo altavoces agarrados y desplazados, columnas convertidas en improvisados elementos de escalada, cervezas estalladas en la cabeza al estilo Joel O’Keefee (Airbourne), viajes al suelo y una actividad escénica que hacía complicado saber dónde mirar durante demasiado tiempo. En algún momento apareció incluso un cubo de basura sobre su cabeza (sí, un cubo que tenía una bolsa con basura y que fue usado como sombrero). Y terminó en calzoncillos.
Contado así podría parecer que estamos describiendo una actuación cómica. Y no. O sí. Yo qué sé. Porque entre todo aquel caos había una banda capaz de pasar de momentos realmente poderosos a otros en los que resultaba francamente difícil saber si aquello estaba completamente bajo control o si precisamente la gracia consistía en que dejase de estarlo. Ahí estuvo la gran virtud y también el gran problema de Dødheimsgard. Fueron TodoMal y todo bien.
Hubo momentos fascinantes y otros desconcertantes, pasajes en los que la música imponía toda su personalidad y otros en los que el espectáculo terminaba devorándola. Pero hubo algo que no ocurrió en ningún momento: saber qué iba a pasar cinco minutos después.

Draconian: la cuarta fue la mejor
Después del pequeño brote psicótico colectivo protagonizado por Dødheimsgard, Draconian tenían la complicada tarea de devolver cierto orden a la noche. Y lo hicieron desde el primer momento.
Era la cuarta vez que veíamos a los suecos y también, con bastante diferencia, la mejor. No necesariamente porque las anteriores hubiesen sido malas, sino porque esta vez apareció sobre el escenario algo que no siempre habíamos percibido con semejante claridad: una banda completamente cohesionada.
Draconian sonaron como debe sonar una formación de doom metal de primer nivel. Pesados cuando tenían que serlo, melancólicos sin caer en la languidez y, sobre todo, extraordinariamente coordinados. Frente a la imprevisibilidad del grupo anterior, aquí cada elemento parecía trabajar para construir exactamente la misma atmósfera.
Especialmente destacable estuvo Anders Jacobsson. Su interpretación vocal fue probablemente la mejor que le hemos escuchado en directo y, además, se mostró mucho más centrado que en alguna ocasión precedente. Sus voces extremas tuvieron presencia, profundidad y contundencia, funcionando como el contrapeso necesario para la parte femenina de unas composiciones construidas precisamente alrededor de ese diálogo.
Las guitarras tuvieron también buena parte de responsabilidad en la solidez del concierto. La principal fue marcando constantemente el pulso de la actuación, mientras que la segunda no se limitó a completar el muro instrumental y aportó además segundas voces a un nivel realmente notable. Más que una suma de músicos interpretando canciones de Draconian, esta vez tuvimos delante la sensación de estar viendo a Draconian como banda.



Y después está Lisa Johansson. La vocalista original regresó al grupo después de la etapa de Heike Langhans, y aquí entra inevitablemente el gusto personal. Lisa estuvo notable. Tiene presencia, conoce perfectamente el lenguaje de Draconian y su voz encaja naturalmente en buena parte del repertorio. Pero seguimos prefiriendo a Heike.
Sobre todo porque en directo resulta bastante perceptible cuándo Draconian está interpretando material perteneciente a las etapas de Lisa y cuándo entra en canciones concebidas durante los años en los que ella no estuvo en la formación. No se trata tanto de establecer quién canta mejor —una comparación bastante estéril entre dos vocalistas con personalidades diferentes— como de reconocer que determinadas canciones parecen construidas alrededor de una voz concreta. Y ahí la sombra de Heike sigue siendo muy larga.
Eso no impidió que Lisa completase una actuación más que notable, que lo fue, ni que Draconian fuese el gran triunfador musical de la noche, que lo fueron.
Porque si durante todo el concierto habían transmitido una cohesión especialmente convincente, el final terminó de explicarlo.
Una guitarra machacona comenzó a levantar el último muro de la noche y, sobre ella, tres voces terminaron confluyendo al unísono. Todo lo que había funcionado durante la actuación apareció concentrado en aquellos últimos instantes: peso, atmósfera, coordinación y voces creciendo sobre una instrumentación que se negaba a aflojar. Fue apoteósico.
Y después de una noche en la que habíamos pasado del excelente sonido de TodoMal a contemplar a un señor con una bolsa de basura en la cabeza antes de terminar en calzoncillos, quizá no hubiese mejor manera de terminar.











