La primera edición del Sun and Thunder en el Marenostrum de Fuengirola abre la sección de críticas y crónicas de Metal Directo. En la primera parte del artículo, el detalle de lo relacionado con el festival y la organización, y por debajo la crónica con las bandas que pude ver.
Resumen del Sun and Thunder 2025
Extraordinario:

- El emplazamiento: a orillas del Mediterráneo, con infinidad de oferta tanto hotelera como de ocio y restauración, con unas vistas envidiables y, a pesar de la ola de calor, una constante brisa que hacía todo muchísimo más llevadero.
- El escenario del castillo. Ver tocar ahí a bandas como Bathuska, Primordial, Myrkur o incluso Ensiferum o Tyr ha sido maravilloso. Los únicos ‘peros’: la subida, que salvo que seas Pogaçar es (muy) exigente, y el hecho de que, con 1/3 de aforo en el festival, en algunos conciertos estaba casi lleno hasta la bandera. ¿Qué pasará si (ojalá) el año que viene se duplica la asistencia?
- La eterna profesionalidad de Kreator, Accept y Opeth. Tres de los cuatro grandes reclamos del Sun and Thunder 2025 y que, por encima de gustos, demostraron entidad para serlo. Estaban llamados a ser bandera en el festival, y la ondearon con honor.
- La audacia de los organizadores a la hora de intentar ofrecernos un festival en un sitio que, a los metaleros, nos trae más pesadillas que sueños.
Muy bien:
- El acceso, muy claro, bien indicado y con muy poco tiempo de espera incluso en los momentos de más afluencia.
- La amabilidad general de todas las personas que trabajaron en el evento.
- El sonido de los cabeza de cartel, y en el escenario del castillo. Al igual que en Zamora, es algo que se nota que está cuidado y se agradece mucho. No lo subo a ‘extraordinario’ porque fue deficiente en las primeras actuaciones de cada día (una verdadera lástima ver a Omnium Gatherum sonando así).
Acorde a lo esperado:
- Los baños: muy bien los de abajo, bien los de la grada (alguna espera de más pero extraordinaria atención de las personas a su cargo), y muy escasos y sucios los de arriba (mucha diversión en la puerta pero colas interminables y muy poca limpieza dentro).
- Los precios: caros, pero como nos lo esperábamos, no desentonaron tanto. No había minis (litros, katxis, como lo llaméis), pero total, el vino se acabó y la cerveza en cuanto cogía medio grado estaba para tirarla a la basura, así que tampoco fue un drama.
Mejorable:

- Poco poder de convocatoria, que probablemente ocasionó alguna del resto de las cosas mejorables. Tal y como se ve en la fotografía, el aforo no fue precisamente un lleno hasta la bandera. Fuentes consultadas hablaban del entorno, por debajo, de las 4.000 entradas diarias con una expectativa y aforo buscando los 10.000. Por suerte, la edición de 2026 parece garantizada, aunque los rumores de un posible cambio drástico de fecha no sé si provocarían más riesgo que recompensa.
- Los servicios generales del festival, a medio gas, siendo generosos. Parece mentira, pero tuvimos que aguantar muchas y largas colas para pedir bebida, para comer o para cenar (con escasez de opciones en las últimas horas). ¿El motivo? Muchas de las instalaciones estaban cerradas o trabajando sólo parcialmente. De la misma manera, la grada era maravillosa para ver conciertos más tranquilamente, pero había unas maravillosas pantallas que estuvieron apagadas en todo momento, y habrían sido un ‘plus’ muy interesante.
- La relación sitio-festival: muy poca o nula personalización para el evento, plagado de carteles genéricos del Marenostrum y nada del Sun and Thunder. El hecho de que sea un recinto que produce conciertos como churros provoca desajustes, que se vieron muy claramente en los horarios, en el reparto de los grupos, en la distribución de los escenarios y en algunos detalles groseros.
- Los proveedores: la cerveza, de una conocida marca del sur muy popular en Sevilla, provocó malestar en una gran parte del público, algo que derivó en el primer punto ‘impresentable’ detallado abajo. La oferta gastronómica fue escasa y muy lineal (supongo que será impuesta, porque la misma promotora es ejemplar en el Z-Live con productos zamoranos, y evidentemente Málaga se presta a hacer lo mismo, y se echó mucho de menos).
- La preparación entre conciertos. En el castillo y durante todo el Sun and Thunder, la labor de los DJ fue primorosa, variando mucho los estilos y los géneros pero acertando casi siempre con los temas (cuando, entre el público, ves que mucha gente corea los estribillos o se pone a bailar las canciones, es que lo estás haciendo bien). Sin embargo, un gran ‘pero’: ver a los grupos cambiarlo todo sobre la marcha, o ver a la crew de los siguientes trabajando por detrás mientras dura un show anula toda la magia. Puede que sea necesario, pero un telón negro que tape la preparación trasera habría ayudado mucho. Arriba, fue hasta cómico ver salir a los grupos cuando los llevábamos viendo media hora montándolo todo. Abajo, pudimos contar hasta 4 baterías simultáneamente siendo preparadas durante el concierto de Sonata Arctica. A veces, de manera involuntaria, acababas más pendiente de los trabajos, atrás, que de los músicos, delante. Fue un mal habitual durante las tres jornadas, y algo sobre lo que deberían reflexionar los organizadores.
Impresentable:
- Un festival en España no se puede quedar sin vino tinto. Ya es impresentable ver a miles de metaleros prescindir de la cerveza, obligados a pasarse a otras opciones, pero mucho más lo es que, casi a primera hora del sábado, comenzase a acabarse el vino, algo que terminó de ocurrir, en todas las barras, a media tarde. ¿Es que nadie hace inventario al final de cada jornada? Viendo la situación, ¿nadie puede ponerle remedio? ¿Esa es la atención a tu producto? ¿Ese es el respeto que se merecen las miles de personas que han viajado y pagado una entrada para asistir a tu evento?
- Maltrato a Saurom y su público. Penalizar a las bandas que cierran el festival por los pecados de otros… y no dar ni una sola explicación no tiene perdón. Saurom, con total seguridad, y Kabrones!!! (aunque en este caso no lo tengo tan claro), tuvieron que recortar sus actuaciones debido a la rigidez de la hora de cierre. El problema es que no fue su culpa, sino de retrasos anteriores (especialmente sangrante lo de Saurom, provocado por W.A.S.P., que salieron tardísimo respecto a la hora prevista). Cierre abrupto y cero explicaciones de la organización. ¿Tanto cuesta, por ejemplo, que salga un responsable y diga: «Lamentamos esta situación, os pedimos disculpas tanto a Saurom como a todos vosotros, y os prometemos que el año que viene os compensaremos con su presencia en una hora más central»? La diferencia es abismal entre un público comprensivo gracias una explicación lógica y convincente, y uno enfurecido que jamás volverá a pisar el festival en el que han ultrajado a sus ídolos y menospreciado su presencia.
Crítica y crónica:
Si de algo pecó el Sun and Thunder en su primera edición fue de miedo al abismo. Y, si por algo brilló, fue que prácticamente todos los que allí estuvimos estaríamos encantados de volver, en una segunda edición, para ver si se ha ahondado en las virtudes y se hace caso a mejorar los defectos.

Hablaba con un grupo de amigos y algún que otro promotor en la jornada del sábado acerca del esquema tradicional de negocios a la hora de lanzar un evento o un producto: la primera vez, palmas; la segunda, el objetivo es intentar empatar; y de la tercera en adelante es cuando se empieza a recoger los frutos. Y, ahí, surgió una voz: «pero si vas a palmar, palma con todo, joder para que al menos todos los aquí presentes estén deseando volver y sean tus principales prescriptores«. Y eso, haciendo honor a la verdad, no se consiguió del todo. Claro que es fácil decirlo con el dinero ajeno y muy complicado cuando la apuesta es tuya. Sin embargo, fueron pequeños detalles, que no van ‘a ninguna parte’ a la hora de realizar un presupuesto tan grande, los que dejaron una sensación agridulce. Muchos, descritos arriba: colas por no estar todas las barras abiertas e incluso zonas enteras cerradas; colas por escasez de baños en algunos lugares; sensación de improvisación por no poner unas lonas de separación entre las actuaciones (en los tiempos muertos y en la configuración de los siguientes grupos); sensación de dejadez a la hora de que se acaben productos en la restauración y las bebidas; detalles feos relacionados con las exigencias del recinto y sus horarios, etc. Por no hablar, en las fechas previas, de la escasa (voluntaria o involuntariamente) actividad e información en sus redes sociales. Así, en el ambiente flotaban todo el rato dos corrientes por igual: la de «han cubierto el expediente como han podido para salir pitando y perder lo menos posible» y la de «esto, con cuatro cositas, va a estar increíble el año que viene«. Y creo que el veredicto final es que la mayoría estaría mucho más contenta con la segunda que con la primera de las hipótesis
Y es que la sensación final fue de satisfacción, de querer volver. Y eso se produjo por muchos factores positivos. Para empezar, el maravilloso recinto, con una mención especial al escenario del castillo. Para continuar, por el buen nivel de muchas de las bandas. Y, para finalizar, porque Andalucía se merece un festival en condiciones, y éste, le pese a quien le pese, tiene algunas trazas de poder convertirse en uno en los próximos años.
El cartel buscó claramente jugar con la dicotomía de hacerse en España pero en una zona con mucho turismo británico, alemán y nórdico. Quizá faltó un cabeza de cartel ‘memorable’ para empujar a más gente que esa pobre media entrada que asistimos, o quizá aunque hubiese venido Ozzy (DEP) el número de afluentes habría sido similar, pero lo que sí quedó claro es que las principales apuestas del cartel fueron las bandas con más espectadores.
Para hablar de conciertos, hay que distinguir entre el gusto y lo objetivo. Empezando por el final: objetivamente, de lo que pude ver, Accept, Kreator, Opeth y Blackbriar dieron conciertos ejemplares, y fue una pena en líneas generales el mal sonido en las primeras horas, que perjudicó mucho a bandas como Omnium Gatherum, Shakra o Wheel. Hubo algún momento de ‘tierra, trágame‘, como cuando al técnico de un grupo alemán que tocó en el castillo se le escapó una pista con el 80% del concierto pregrabado minutos antes de empezar, o ciertos lapsus de memoria de un cantante a la hora de arrancar algunas de sus canciones más míticas de su exbanda cerrando una de las jornadas.

Y, en el plano subjetivo, quien esto escribe echó de menos canciones de Saratoga y Stravaganzza en el setlist de Leo (ya, ya sé que es como cuando a Edguy le pedían canciones de Avantasia, pero si lo eché de menos tendré que escribirlo), disfruté mucho en un ruidoso y poco técnico concierto de Primordial, y sigo sin entender por qué apuestas como Eihwar aparecen de forma recurrente en los conciertos de metal. Es como si el gran parte de las bandas reconocidas a nivel mundial fueran españolas y, por ello, Estopa, los Cantores de Híspalis y Café Quijano estuvieran presentes en el Hellfest o el Wacken. Y, por dejarlo por escrito, lo de siempre: qué buenísimos son Tyr y Paradise Lost, pero qué sensación más sosa dejan casi siempre en sus actuaciones en vivo.
Puntuación final:
6,75 / 10
Epílogo:
Un festival nuevo, que tuvo miedo, que coqueteó con el fracaso y que, con arañazos, ha sabido salir adelante y generar un sentimiento de que, ojalá el año que viene, ojalá en verano, ojalá con otra cerveza y ojalá con un poco más de cariño hacia el público, volvamos a vernos.
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