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¿Vosotros también sois españoles?

Aquí tocará en Varsovia, Polonia, System of a Down

«¿Vosotros también sois españoles?»

Es probablemente la frase que más nos han repetido desde que aterrizamos en Polonia.

Veníamos con la ilusión de ver a System of a Down en Varsovia en uno de esos conciertos que justifican un viaje. Lo que no esperábamos era encontrarnos, a miles de kilómetros de casa, con DECENAS de grupos de españoles. Gallegos, asturianos, madrileños, catalanes, murcianos… prácticamente de todas las comunidades autónomas. Bastaba con escuchar una conversación en la cola de un restaurante, en el tranvía, en la excursión planificada con una agencia o junto al estadio para reconocer un acento diferente.

Pero lo más llamativo no era eso. Era comprobar que tampoco éramos mayoría. Durante estos días hemos compartido conversaciones con aficionados llegados desde México, Alemania, Finlandia, Suecia, Eslovaquia y muchos otros países. Todos habían recorrido cientos o incluso miles de kilómetros por exactamente el mismo motivo: un concierto. La fiesta del concierto, celebrada ayer en un pub céntrico llamado Beer and Bones, parecía la Torre de Babel. Y entonces surge una pregunta inevitable.

¿Estamos dejando de viajar para hacer turismo y empezando a hacer turismo gracias a la música? ¿Por eso, mientras que nos hartamos a ver a grupazos delante de apenas 500 personas, se llenan casi siempre los conciertos de estadio? La tendencia es clara: si hay un gran evento, hay miles de turistas que acuden como polillas a las luces.

El concierto ya no es el destino… es la excusa

Hace apenas unos años era excepcional aprovechar un viaje para asistir a un concierto, y MUY excepcional viajar por culpa de un concierto (salvo ir una vez en tu vida al Wacken, Hellfest o situaciones muy especiales). Y era muy habitual que, en ese concierto lejos de casa, no te encontrases a ningún compatriota. Nos ha pasado mil veces, y una de las cosas más llamativas era la experiencia en un sitio extraño, sin nadie que hablase tu idioma, y comprobar cómo se pedía la cerveza y cómo la servían (hemos visto desde sitios que parecían un quirófano hasta otros en los que nos han puesto hielos con las manos), cuáles eran las costumbres del lugar, cómo se comportaba la gente… Hoy sucede justo lo contrario: estés en Chicago, en Varsovia o en Cartagena, el ‘abecé’ del concierto o del festival es prácticamente idéntico en todos los sitios. Tuska se parece al Leyendas, el Soldiers Field al Metropolitano y el antiguo Play Station Theatre a la sala de conciertos de Príncipe Pío. Con sus diferencias, claro, pero en esencia, lo que antes era una aventura, ahora es una experiencia casi calcada.

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Primero aparece la fecha del concierto. Después se compra el vuelo. Luego el hotel /apartamento / camping. Y finalmente se planifica el resto del viaje. La música se ha convertido en el motivo que organiza las vacaciones de miles de personas.

Cada vez es más habitual ver aficionados que enlazan varios festivales europeos durante el verano, que vuelan a otro país porque allí la entrada es más barata o porque una banda ofrece una fecha exclusiva que no pasará por su ciudad, como es el caso.

La industria ya habla de «turismo musical»

Lo que hemos vivido estos días en Polonia no es una excepción.

La propia industria del directo lleva tiempo detectando este fenómeno. Un estudio global elaborado por Live Nation entre 40.000 aficionados de 15 países concluye que casi seis de cada diez personas aficionadas a la música viajan al menos una vez al año para asistir a conciertos, mientras que el 84 % considera que la música en directo une a personas de diferentes culturas y países.

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La tendencia también se refleja en Europa. Una encuesta de YouGov muestra que viajar al extranjero para asistir a conciertos y festivales se ha convertido en un hábito creciente, especialmente entre los aficionados alemanes y españoles. Muchos de los grupos que nos hemos encontrado por aquí nos han contado que, una vez al año, aprovechan un evento de este tipo para juntarse con los amigos y hacer una escapada a una ciudad europea.

No es casualidad. Los grandes promotores hace tiempo que dejaron de pensar únicamente en el público local.

Los festivales buscan un público internacional

Tomorrowland, Wacken Open Air, Hellfest, Graspop, Resurrection Fest o Rock am Ring ya no venden entradas únicamente en su país.

Compiten por atraer aficionados de todo el continente. Y también de fuera de Europa.

No es raro encontrar promociones específicas para viajeros, acuerdos con aerolíneas, paquetes de hotel o incluso campañas publicitarias dirigidas a otros mercados, como por ejemplo hace de manera destacada el Leyendas del Rock.

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El objetivo está claro: cuanto más internacional es el público, mayor es el impacto económico para la ciudad y más fuerte se convierte la marca del festival.

En España ya se vive esta realidad. Según datos de Turespaña, más de 5,3 millones de turistas internacionales asistieron el pasado año a eventos culturales, incluidos festivales musicales, mientras que algunos eventos reconocen que una parte importante de su público procede del extranjero.

Mucho más que ver una banda

Hay algo que ninguna estadística puede explicar. Lo que ocurre cuando coinciden miles de personas que no hablan el mismo idioma, pero sí conocen la misma letra. Cuando un mexicano recomienda una cervecería a un finlandés. Cuando un gallego termina compartiendo mesa con unos suecos. Cuando un grupo de asturianos ayuda a unos eslovacos a encontrar la entrada correcta del estadio.

Durante estos días en Polonia hemos visto precisamente eso. No importa de dónde vienes. Da igual el idioma. Durante unas horas todos pertenecen al mismo sitio. Y esos sitios se parecen cada vez más entre sí en todas las partes del mundo (con sus pros y sus evidentes contras).

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