Hay conciertos de los que sales con el corazón acelerado, los oídos todavía retumbando y esa sensación de haber recibido una descarga de energía difícil de explicar. Quienes frecuentamos los escenarios del rock y del heavy metal sabemos perfectamente de qué hablamos. Pero también hay noches que ofrecen algo completamente diferente: producciones descomunales, estrellas internacionales, invitados sorpresa y miles de personas reunidas alrededor de un fenómeno que trasciende lo estrictamente musical.
La despedida de Shakira de su residencia europea en Madrid pertenece, sin duda, a esta segunda categoría.Y ahí estuvo Metaldirecto, sí, tampoco preguntéis mucho, pero así es la vida.
La artista colombiana cerró este 12 de octubre una serie de trece conciertos en la capital, el famoso «12+1», con una noche concebida como una celebración de su trayectoria y de la extraordinaria respuesta del público español. Y lo hizo rodeada de invitados, agradecimientos y una puesta en escena que dejó imágenes difíciles de olvidar.
Pero ¿cómo se vive semejante espectáculo cuando tu referencia habitual son los conciertos de metal?
La respuesta tiene bastante más interés que una simple comparación entre estilos musicales.
Una artista entregada ante un público desigual
Lo primero que hay que reconocer es que Shakira estuvo a la altura de las circunstancias.
Cercana, comunicativa y visiblemente emocionada, la cantante agradeció en varias ocasiones el apoyo recibido durante su estancia en Madrid. Recordó cómo aquella residencia que inicialmente parecía una apuesta arriesgada había terminado convirtiéndose en una sucesión de conciertos que superaba las expectativas originales.
En sus intervenciones se percibía algo más que el habitual discurso de agradecimiento de una estrella internacional. Había emoción y una evidente satisfacción por lo conseguido.
Musicalmente, el espectáculo también respondió.
Desde nuestra posición, bastante próxima al escenario, el sonido fue excelente. La presencia de guitarra, bajo y batería aportó una dimensión instrumental que merece destacarse. No todo descansaba sobre bases pregrabadas o recursos electrónicos: había músicos sobre el escenario y buena parte de la música sonaba con la contundencia y claridad que exige una producción de este nivel.
Shakira también apareció con una guitarra en distintos momentos, aunque desde nuestra posición no resultaba posible distinguir con certeza cuánto protagonismo tenía realmente su instrumento en la mezcla.
Hasta aquí, pocas objeciones.
Sin embargo, hubo algo que llamó especialmente la atención: la respuesta del público.
Resultaba sorprendente comprobar cómo, incluso en una zona relativamente cercana al escenario, había asistentes que apenas cantaban canciones conocidas desde hacía años. Naturalmente, también había grupos completamente entregados, especialmente algunas pandillas de amigas que vivían cada tema como una celebración.
Pero la sensación general en nuestro entorno fue que faltaba algo de ambiente.
Quizá parte del público acudía atraído por la magnitud del acontecimiento, por la oportunidad de presenciar uno de los trece conciertos de Shakira en Madrid, más que por una conexión especialmente profunda con su repertorio.

Es una impresión personal, limitada a la zona desde la que vivimos el concierto, pero resulta difícil no establecer una comparación con la comunión que suele producirse entre una banda de metal y sus seguidores más entregados.
No es que un público sea mejor que otro. Simplemente, la relación con la música parece funcionar de manera diferente. Y, es justo decirlo, en los grandes conciertos de metal en estadios también vemos a mucho casual que conoce la canción famosa, o las dos baladitas, y allí han ido.
Maluma, Laura Pausini y una despedida rodeada de amigos
Si había algo que distinguía esta última noche de las anteriores era la presencia de cinco invitados especiales.
Maluma protagonizó uno de los momentos de mayor entusiasmo de la velada. Su aparición provocó una reacción espectacular entre los asistentes, que recibieron al colombiano con una intensidad que contrastó con algunos momentos anteriores.
La complicidad entre ambos artistas resultó evidente durante sus interpretaciones conjuntas de «Chantaje» y «Agua». Más allá de los gustos musicales, hay conexiones escénicas que funcionan de manera natural, y esta fue una de ellas.
Laura Pausini aportó un registro diferente, mucho más emocional. La italiana se mostró especialmente cariñosa con Shakira y aprovechó su intervención para destacar su capacidad de inspirar a las niñas que persiguen sus propios sueños.
También apareció Beéle, representante de una generación musical más reciente, cuya participación amplió todavía más el abanico de estilos presentes en el escenario.
Más desconcertante resultó la intervención de Dani Martín.
El cantante madrileño apareció para participar en «Te dejo Madrid», una canción del repertorio de Shakira. Su presencia despertaba interés, pero desde nuestra posición su voz apenas consiguió destacar y la colaboración terminó dejando cierta sensación de oportunidad desaprovechada.
El último invitado fue Bizarrap, reservado para un desenlace que convirtió los minutos finales en una auténtica celebración colectiva.
Su aparición completó una noche en la que Shakira quiso compartir protagonismo con artistas vinculados a distintas etapas y facetas de su trayectoria.
Una loba sobre Madrid
La producción visual alcanzó uno de sus momentos más espectaculares durante el cierre.
Una formación de drones dibujó en el cielo la figura de una loba, uno de los símbolos más reconocibles del universo de Shakira. Posteriormente, las luces se transformaron para mostrar el «12+1» y un mensaje de agradecimiento a Madrid.
Fue un final concebido para permanecer en la memoria de quienes asistieron.
La cantante volvió a expresar su agradecimiento y reconoció la tristeza que le producía despedirse de la ciudad después de tantas noches compartidas con su público.
En ese momento resultaba evidente que estábamos presenciando algo más que el final de un concierto. Era el cierre de una etapa especialmente significativa para la artista.
Y, sin embargo, mientras contemplábamos aquel despliegue de luces, música y tecnología, regresaba inevitablemente una reflexión.
Lo que el metal tiene y ningún espectáculo puede garantizar
Acudir a un concierto de Shakira desde una sensibilidad acostumbrada al heavy metal supone descubrir que la espectacularidad y la intensidad musical no siempre avanzan de la mano.
Se puede disponer de una producción gigantesca, músicos solventes, un sonido excelente, coreografías, pantallas, invitados internacionales y cientos de drones iluminando el cielo.
Y aun así echar de menos esa descarga física que provoca una banda de metal cuando conecta de verdad con su público.
No hablamos necesariamente de volumen, distorsión o velocidad. Tampoco de que un estilo musical sea superior a otro.
Hablamos de una sensación.
De esa energía que circula entre escenario y público, que convierte una canción en una experiencia compartida y que, en ocasiones, consigue que un concierto con muchos menos medios técnicos resulte emocionalmente arrollador.
Eso fue lo que personalmente echamos de menos durante algunos momentos de la actuación de Shakira.
No por falta de entrega de la artista, que estuvo completamente implicada, ni por deficiencias musicales, porque el concierto sonó francamente bien.
Quizá fue simplemente una cuestión de conexión con el público que nos rodeaba. O quizá tenga que ver con la manera en que cada uno ha aprendido a vivir la música en directo.
Lo interesante es que ambas experiencias pueden convivir perfectamente.
Una buena noche, aunque no sea nuestra forma habitual de vivir la música
Sería injusto reducir el concierto de Shakira a aquello que no encontramos en él.
La colombiana ofreció una actuación de enorme nivel profesional, acompañada por músicos competentes, invitados de primer orden y una producción visual impresionante. Su cercanía con los asistentes y la emoción de la despedida aportaron además una dimensión humana que ningún despliegue tecnológico puede sustituir.
Hubo momentos verdaderamente memorables, especialmente la aparición de Maluma y el desenlace con Bizarrap y los drones sobre el cielo madrileño.
Pero también salimos con una certeza: la música en directo tiene muchas formas de emocionar, y no todas provocan las mismas sensaciones.
Quienes estamos acostumbrados al metal probablemente seguiremos buscando esa electricidad particular que aparece cuando una banda y su público parecen respirar al mismo ritmo.
Eso no impide reconocer el mérito de lo que acabamos de presenciar.
Porque una cosa es salir de un concierto con ganas de volver a escuchar guitarras rugiendo y otra muy distinta es no saber apreciar un gran espectáculo.
Y el de Shakira, en su despedida de Madrid, indudablemente lo fue.













