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Billy Corgan desata críticas en Madrid: el concierto llevaba su nombre, pero pasó buena parte de él fuera del escenario

Críticas al espectáculo de Billy Corgan

Dos noches agotadas en el Palacio Vistalegre, una gran orquesta, coro y uno de los discos fundamentales del rock de los años 90 completamente reconstruido para la ocasión. La llegada a Madrid de A Night of Mellon Collie and Infinite Sadness Featuring Billy Corgan reunía todos los ingredientes para convertirse en una de las citas más peculiares del año. Para muchos asistentes fue precisamente eso, una experiencia difícilmente repetible; para otros, sin embargo, dejó una pregunta que comenzó a circular nada más terminar las funciones: ¿por qué Billy Corgan aparecía tan poco en un espectáculo que llevaba su nombre?

Madrid recibió los días 11 y 12 de septiembre las dos únicas representaciones españolas de este proyecto concebido alrededor del 30.º aniversario de Mellon Collie and the Infinite Sadness. No era un concierto de The Smashing Pumpkins acompañado por una orquesta, ni tampoco un recital convencional de Billy Corgan. La propuesta consistía en desmontar buena parte del universo musical del álbum de 1995 y reconstruirlo mediante arreglos orquestales, coro y elementos operísticos, reservando al propio Corgan un papel que resultó bastante menos permanente sobre el escenario de lo que algunos espectadores esperaban.

El éxito previo a las funciones había sido indiscutible. La primera fecha agotó sus entradas y la demanda permitió añadir una segunda noche en Vistalegre, que terminó igualmente con el cartel de sold out. El proyecto llegaba además respaldado por su experiencia anterior en Chicago, donde esta reinterpretación había conseguido también una excelente respuesta. Sobre el papel, por tanto, pocas señales hacían pensar que después de los conciertos madrileños surgiría una controversia alrededor de la presencia del propio protagonista.

La pregunta que apareció en Vistalegre: ¿dónde está Billy Corgan?

El desconcierto comenzó para algunos prácticamente desde el arranque. La orquesta, bajo la dirección de James Lowe, empezó a recorrer el universo de Mellon Collie and the Infinite Sadness mientras Corgan permanecía fuera del escenario. No se trataba simplemente de una introducción antes de que apareciera el músico: hubo composiciones completas y largos pasajes del espectáculo desarrollados sin él, con la orquesta y el coro asumiendo el peso de una representación de aproximadamente dos horas.

Corgan entraba y salía de escena dependiendo de cada bloque, una estructura perfectamente coherente con la concepción del espectáculo, pero que chocó con las expectativas de una parte del público. Algunas crónicas publicadas tras las funciones recogieron precisamente ese desconcierto y las críticas de espectadores que habían comprado sus entradas esperando una participación mucho más continuada del líder de The Smashing Pumpkins.

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La sensación era especialmente curiosa porque, cuando Corgan aparecía, la conexión con Vistalegre cambiaba inmediatamente. Canciones como “Thirty-Three” o “1979” permitían recuperar durante unos minutos una relación mucho más reconocible entre el músico y su público, mientras que otros momentos trasladaban completamente el protagonismo hacia la dimensión orquestal del proyecto. Esa alternancia era deliberada, pero no necesariamente era lo que todos habían imaginado al comprar su entrada.

Pero no era un concierto de The Smashing Pumpkins

Aquí aparece el matiz fundamental que impide convertir la polémica en una historia sencilla sobre un supuesto engaño al público. El espectáculo nunca se anunció como un concierto de The Smashing Pumpkins, ni como una interpretación íntegra de Mellon Collie cantada por Billy Corgan con una orquesta detrás. Su propio nombre, A Night of Mellon Collie and Infinite Sadness Featuring Billy Corgan, colocaba el foco sobre la obra y presentaba al músico como parte de una producción mucho más amplia.

Desde su promoción se había explicado que el montaje combinaba orquesta, coro, elementos operísticos y nuevos arreglos desarrollados junto a James Lowe. La intención no consistía en añadir unas cuerdas detrás de las canciones originales, sino en reimaginar el disco desde otro lenguaje musical, modificando incluso algunas de sus características más reconocibles.

Por eso resulta difícil sostener que el espectáculo prometiera algo que después no ofreció. Otra cuestión diferente es hasta qué punto todos los compradores entendieron exactamente qué clase de producción estaban adquiriendo. Cuando el nombre de Billy Corgan aparece de manera tan destacada en la promoción y el proyecto gira alrededor del álbum más emblemático de su carrera, es comprensible que una parte del público esperase verlo durante una proporción mayor de la noche.

Un Mellon Collie que renunciaba deliberadamente a buena parte de su violencia original

El experimento resultaba especialmente radical en aquellas canciones cuya personalidad siempre había dependido de la distorsión, las guitarras eléctricas y la batería. “Jellybelly” o “Zero”, por ejemplo, nacieron como auténticas explosiones de rock alternativo y aquí tenían que sobrevivir dentro de un lenguaje completamente diferente. El objetivo no era reproducirlas con mayor grandiosidad, sino desmontarlas y buscar otra manera de expresar su tensión.

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Eso explica por qué algunos asistentes quedaron fascinados mientras otros echaron de menos precisamente aquello que habían ido a celebrar. Quien esperara una especie de The Smashing Pumpkins sinfónico podía encontrarse con una producción bastante más cercana a una obra escénica que a un concierto de rock. No estaban James Iha ni Jimmy Chamberlin y tampoco existía una banda convencional tocando debajo de la orquesta para conservar intacta la pegada del disco original.

El resultado dependía enormemente de la predisposición del espectador. Para quien aceptara desde el principio que Mellon Collie iba a ser desarmado y reconstruido, el espectáculo ofrecía una oportunidad prácticamente única de escuchar aquellas canciones desde otra perspectiva. Para quien quisiera celebrar el aniversario reconociendo inmediatamente la fuerza de las versiones originales, la experiencia podía resultar mucho más desconcertante.

Cuando Corgan estaba sobre el escenario, el público reaccionaba

Esa diferencia se hizo especialmente evidente en algunos de los momentos protagonizados directamente por Corgan. “1979” se convirtió en uno de los puntos de mayor conexión emocional con el público, mientras que “Bullet With Butterfly Wings” encontró una dimensión diferente apoyándose en el enorme peso de las voces. Y pocas canciones del repertorio parecían tan destinadas a un tratamiento sinfónico como “Tonight, Tonight”, cuya versión original ya había demostrado hace tres décadas hasta qué punto el universo de Smashing Pumpkins podía convivir con una instrumentación orquestal.

Precisamente esos momentos podían reforzar la sensación de quienes reclamaban más presencia del músico. El problema no era necesariamente que Corgan estuviera mal cuando aparecía, sino todo lo contrario: su presencia cambiaba inmediatamente la percepción del espectáculo, lo que hacía todavía más evidentes sus largas ausencias para quienes habían acudido principalmente por él.

A ello se sumó otro elemento que pudo aumentar esa distancia. Corgan mantuvo una comunicación muy limitada con el público y el espectáculo evitó convertirse en una celebración nostálgica llena de historias sobre 1995, anécdotas de la grabación o largos discursos alrededor del significado del álbum. La estructura era mucho más teatral y estaba diseñada para mantener la continuidad de la obra, no para reproducir los códigos habituales de un concierto de rock.

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Dos noches agotadas impiden hablar de fracaso

La controversia tampoco debería ocultar otro dato evidente: el proyecto fue un éxito de público en Madrid. Las dos representaciones agotaron sus entradas y la segunda fecha nació precisamente de la demanda generada por la primera. Estamos, por tanto, ante un espectáculo que despertó suficiente interés como para llenar Vistalegre dos noches consecutivas y que ya había demostrado anteriormente su capacidad para atraer público en Estados Unidos.

Por eso quizá la lectura más interesante no sea decidir si el concierto fue bueno o malo, sino entender por qué produjo reacciones tan diferentes. La propuesta hizo aquello para lo que había sido concebida: coger uno de los grandes discos del rock alternativo de los años 90 y reconstruirlo utilizando un lenguaje orquestal y operístico que podía llegar a alterar profundamente algunas canciones. El problema es que la presencia intermitente de Billy Corgan introdujo una variable que para una parte de los asistentes resultó difícil de asumir.

Las dos posiciones pueden coexistir sin necesidad de convertir ninguna de ellas en absurda. Es razonable que alguien que había estudiado previamente la naturaleza del espectáculo entendiera perfectamente que Corgan no iba a protagonizar cada minuto de la función. Y también resulta comprensible que alguien que compró una entrada viendo su nombre asociado de manera tan visible a Mellon Collie and the Infinite Sadness esperara encontrárselo sobre el escenario durante buena parte de la noche.

Al final, quizá ahí esté la mejor definición de lo sucedido en Madrid. No hubo un concierto engañoso de Billy Corgan, porque nunca se prometió un concierto convencional de Billy Corgan. Hubo una reinterpretación muy particular de Mellon Collie que fascinó a unos y dejó a otros preguntándose por qué el hombre cuyo nombre aparecía en el cartel pasaba tanto tiempo fuera del escenario.

Y pocas cosas representan mejor el riesgo de intentar transformar un disco que millones de personas llevan treinta años escuchando exactamente a su manera.

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